
Miguel Yadon era de esos tipos que se hacían querer. De esos que ponían la sonrisa por delante. Siempre de buen humor para joder, para reirse o para burlarse de alguna de las macanas que frecuentemente nos mandábamos. Excelente conversador, tenía posición formada sobre todos los temas habidos y por haber. Miguel era de esas personas a las que se admira.
De las que uno aprende. Hincha de Talleres en los papeles aunque bostero encubierto, siempre nos jodía con River con aquel tipo de burlas que pecan de exceso de bondad. Saboreaba el futbol. También era un gran entusiasta del padel, heredó a sus hijos el gusto por la paleta. Lo seguía siempre de cerca al pollito Tapia y se alegraba por su progreso. Jugaba, pero quienes sabían del tema decían que era mas ganas que magia.
Padre de tres hijos brillantes, siempre disfrutó de ellos. Compiche, piola, pero severo cuando debía serlo. Siempre recuerdo cuando le cortó todos los privilegios al Mumi por haberse llevado a rendir Economía con Cachito Verdon. Le vedó maliciosamente las horas en la computadora al pobre gordito. Un 10 clavó el Mumi en Diciembre. Efectivo castigo.
Miguel disfrutaba con pasión los eneros de Pomán. Truco, Chinchón con colada, la timba. Lo que sea le venía bien si había que apostar para ver quien jugaba mejor. Suertudo humilde, nos enseñó sin querer, o tal vez queriendo, el arte del buen jugar y disfrutar de la changada. También le gustaba la guitarra. No tocaba ni cantaba (o mejor dicho tocaba horrible y cantaba feo). Pero disfrutaba con la mirada y el tarareo. Con la sonrisa. Y seguía el trajín de la cacharpaya con la atención de esos que aman la música. ¡Cuánto disfrutaba que le toque esa zamba que habla del viejo patio que da al paredón! Pero lo cierto es que también tenía una formación musical tremenda. La trova latina de Silvio, Aute y Filio le podían. Tuve la suerte, por esas cosas de la lotería biológica, de ser compañero del hijo de Miguel desde jardín de 4 en la querida Fray. Al Mumi lo tengo cerca del corazón desde hace 26 años. Y tuve la suerte de ser amigo de toda la familia.
Tuve la suerte de conocerlos y de ser siempre bien invitado en su mesa. Tuve la suerte de conocer a Miguel. Y de saber que él era de esos tipos que se hacen querer. De esas personas a las que se admira.
Y hoy, ciertamente, la bronca me surge. Lo inexplicable de lo sucedido me destroza y me quiebra. Tengo dolor, tengo bronca. La impunidad me desahucia. Por eso hoy simplemente espero Justicia.
Dejo una postal de la vieja casa de Pomán. Ese lugar siempre me llevará inevitablemente al recuerdo de Miguel. Una de esas personas que se hacía querer, uno de esos a los que se admira. Por G. Kranevitter