
En Andalgalá, desde los tiempos iniciales del fuerte , los caminos fueron huellas abiertas entre montes y ríos, donde el burro se convirtió en el medio de transporte esencial.
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Resistente y adaptado al terreno, el burrito acompañó a pobladores, arrieros y viajeros en la comunicación entre parajes y estancias.
Durante siglos, su paso lento pero seguro sostuvo la vida cotidiana, trasladando alimentos, leña y mensajes. En la imagen, ya en pleno siglo XX, esa tradición persiste como testimonio vivo de continuidad cultural.
El jinete sobre su animal refleja una práctica heredada que resistió incluso la llegada de nuevos medios de transporte. Al fondo, se distingue el cerro El Pelao de Julumao, presencia dominante del paisaje y símbolo de identidad fuerteña.
Este cerro ha sido testigo silencioso del ir y venir de generaciones que confiaron en la nobleza del burro. La escena resume la estrecha relación entre el hombre, el animal y el territorio.
Así, el burrito no solo fue transporte, sino también parte del entramado social y económico de Andalgalá.
Su figura permanece como emblema de una historia rural que perduró desde el siglo XVII hasta este siglo XXI se ven ciudadanos utilizando sus servicios cargueros .