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Ahmedabad

Los dueños de la luz, los hijos del olvido: La historia de Celso Reyes y el linaje de las hacheras


En el Santa María de los salones ilustres y los brindis elegantes, pocos recuerdan que la luz no nacía de los cables, sino del sudor de un hombre y el lamento de un carro. Mientras las lámparas se encendían en el pueblo, en las sombras trabajaba Celso Reyes, el carrero; mi bisabuelo. Él era el pulso vital de una comunidad que ignoraba su nombre, pero dependía de su esfuerzo.

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El rugido del hierro y el monte

Cada día, Celso desafiaba la distancia entre el monte de El Puesto y la Usina de los Herrero. Lo hacía sobre un carro de ruedas de hierro, un estrépito de metal contra la tierra que marcaba el ritmo de una vida de sacrificios. Si Celso Reyes no llegaba, Santa María se apagaba. Así de poderosa, y a la vez así de silenciosa, era su importancia.

Su historia no se escribió con pluma, sino con el hacha y la herida. Traía consigo las cicatrices de una infancia robada en Las Cuevas y luego en Agua Amarilla, donde la servidumbre se disfrazaba de destino. Le tocó ser «mozoimano» de los Vargas, una familia acomodada de la época. En aquel tiempo, la dignidad era un lujo y la obediencia se imponía a fuerza de rigor.

Las hacheras: El linaje de las manos rotas

Celso no estaba solo en esta lucha contra la miseria. Su mayor ejército fueron sus hijas: María, Antolina y Milagro. Ellas no conocieron la delicadeza de los encajes, sino la aspereza del algarrobo.

Eran mujeres hacheras que cargaban al hombro troncos que parecían montañas. Con las manos rotas y el cuerpo ajado por el hambre, alimentaban aquel carro que llevaba la energía a un pueblo que nunca las vio. Mi abuela María Reyes, quien me crió, entregó su vida a esa madera. Murió con el cuerpo marcado por el rigor del monte; una heroína sin medallas que se fue en silencio, como se van los que de verdad sostienen el mundo.

«El Radical» y el yugo del patrón

La riqueza de Celso no fue el oro. Su único capital era un caballo blanco, viejo y cansado, al que su patrón, en una ironía cruel, obligó a llamar «El Radical». No había espacio para la protesta; en aquellos tiempos, oponerse al patrón significaba ser «corregido» a latigazos.

Sin embargo, la verdadera dignidad de mi bisabuelo radica en haber atravesado los cerros y los caminos hasta Bolivia sin doblegarse. Soportó el maltrato, los desafíos y los gritos, pero mantuvo su paso cansino y firme. Una memoria contra el olvido

Hoy, el tiempo intenta borrar las huellas de aquel carro de madera y hierro que aún resiste el paso de los años en la Escuela 363 de El Puesto. Solo una canción de los Hermanos Sánchez queda como un eco que rescata su nombre de las garras del olvido.

¿Por qué escribo esto? Porque la historia grande de Catamarca no la hicieron solo los que posan para los retratos. La hicieron los invisibles como Celso Reyes y sus hijas. Ellos, viviendo en la oscuridad y el rigor, fueron los únicos capaces de traer la luz.

En memoria de Celso Reyes, el carrero de Santa María. En memoria de María, Antolina y Milagro.

Porque no hay luz en los salones que no haya nacido antes del sudor de los humildes. 

Por Lorena Elisabeth Monroy Quevedo (*)

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