
Existen sucesos que quedan grabados a fuego en la memoria de los pueblos, transmitiéndose de generación en generación. Tal es el relato de aquella noche trágica y milagrosa en la Villa de Pomán, rescatado de la memoria de doña Ana Werning de Espeche, quien vivió en carne propia el fenómeno que sacudió los cimientos de la región.
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El rugido del silencio
La noche se presentaba cálida y quieta. En una época donde el tiempo se medía por visitas y faroles a querosene, los vecinos buscaban el fresco en la plaza o compartían charlas. Sin embargo, la calma se rompió de forma atípica: un movimiento oscilante y silencioso, sin el estruendo que suele preceder a los sismos, comenzó a marear a los presentes.
Todo parecía ir y venir «como las figuras de un abanico». La realidad golpeó con fuerza cuando la torre de la capilla de San Sebastián se derrumbó, despertando la conciencia colectiva: era un terremoto. Según los registros del ingeniero Carlos Werning, entonces residente en la mina «La Constancia» de Pilciao (Andalgalá), el epicentro se situó exactamente en la villa de Pomán.
Entre el temblor y la tormenta
Apenas el sismo cesó, el horror cambió de forma. Mientras don Segundo Nieva rescataba la imagen del Santo Patrono para llevarla a la plaza, el cielo se oscureció y una feroz tormenta de agua, viento y granizo descargó sobre la población aterrada.
El caos se completó con el bramido del río. Un penetrante olor a barro y «yuyos molidos» anunció una creciente de dimensiones catastróficas. Con el río a escasos 70 metros de la plaza, los pobladores, empapados y guiados solo por los relámpagos, huyeron hacia la zona de La Puntilla, buscando terrenos altos y evitando los árboles por el peligro de los rayos.
La intervención divina
En el momento más crítico, cuando un «volcán de barro» enfilaba directamente hacia la calle principal amenazando con borrar el centro de la Villa (donde hoy se ubica el Parque Centenario), una plegaria unánime se elevó: «¡Señor del Milagro, sálvanos!».
El relato asegura que, por divina providencia, la masa de lodo y piedras retomó su cauce original, evitando una tragedia mayor. Al amanecer, aunque el paisaje era desolador, la mayoría de las casas resistieron, lamentándose únicamente la pérdida de un joven vecino.
Una promesa inquebrantable
Aquel 5 de febrero, el departamento entero peregrinó hacia Saujil para postrarse ante la imagen del Señor del Milagro. Allí nació el juramento que los hijos de Pomán y Andalgalá mantienen vivo hasta hoy:
«Nuestros padres prometieron con juramento, Señor... ser de ti esclavos fieles, consérvanos en tu amor».
Cada año, la romería a pie hacia Saujil no es solo un acto de fe, sino la renovación de un pacto de gratitud de un pueblo que, entre el barro y el temblor, se sintió socorrido por la mano de Dios.
Mercedes Rojas de Batallán: La guardiana de las historias del Pumán
El relato sobre el sismo de 1920 en la Villa de Pomán no es solo una crónica de supervivencia, sino una pieza fundamental del libro «Por tierras del Pumán». Su autora, Mercedes Rojas de Batallán, dedicó gran parte de su vida a rescatar la tradición oral, las leyendas y los hechos históricos que definen la identidad de los departamentos de Pomán y Andalgalá.
Un legado de boca en boca
Como se observa en el relato del terremoto, la autora utilizó una metodología de investigación basada en la memoria viva. El hecho de recoger testimonios directamente de sus antepasados, como los de su abuela materna doña Ana Werning de Espeche, le permitió plasmar en papel no solo datos técnicos, sino la emoción y el sentir de la gente de su tierra.
La importancia de su obra
Rescate Patrimonial: Su libro documenta hitos como la caída de la torre de la capilla de San Sebastián y el origen de las promesas religiosas que aún hoy movilizan a miles de personas.
Identidad Regional: A través de sus escritos, los habitantes de Andalgalá, Belén y los pueblos de La Rioja pueden reconocer sus raíces compartidas y la solidaridad ante las catástrofes naturales.
Fuente Histórica: La mención de figuras como el Ingeniero Carlos Werning en la mina «La Constancia» de Pilciao otorga a su obra un valor documental incalculable para el estudio de la minería y la vida social de principios del siglo XX.
Mercedes Rojas de Batallán no solo escribió un libro; construyó un puente entre el pasado y el presente, asegurando que las futuras generaciones no olviden de dónde vienen ni qué juramentos hicieron sus padres ante la adversidad.