
En el corazón del Paraje El Barreal, departamento Arauco, se erige una mole de piedra que desafía al tiempo y la lógica. El Señor de la Peña, una gigantesca roca de 12 metros de altura con un perfil humano asombrosamente definido, no es solo un fenómeno geológico desprendido de la Sierra del Velasco; es el epicentro de una devoción que fusiona raíces indígenas, leyendas coloniales y el fervor cristiano contemporáneo.
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Un origen entre el mito y la historia
Se estima que esta enorme pieza de granito se desprendió de la montaña hace más de 3.000 años, posiblemente debido a un gran movimiento sísmico o a la erosión milenaria. Los primeros en hallarla fueron los Diaguitas, quienes, asombrados por su forma antropomórfica, la bautizaron como el Dios Llastay (protector de la montaña y la caza). Para ellos, la peña era refugio, sombra y un punto sagrado de referencia en la árida extensión arauqueña.
Con la llegada de los españoles y la misión evangelizadora, aquella antigua devoción al «rostro de la montaña» fue transmutada en la imagen de Cristo. Así nació el nombre que perdura hasta hoy: El Señor de la Peña.
Evolución de un Santuario Popular
La historia de este sitio es una crónica de persistencia popular frente a las instituciones:
1842: Don Vicente Cedano, vecino de Machigasta, escala la mole junto a arrieros para colocar la cruz de hierro que aún corona la cima.
Resistencia y Fe: Durante años, la Iglesia Católica miró con recelo esta adoración a una «masa pétrea». Se dice que se enviaban custodios para evitar la veneración, pero los fieles se ocultaban para rezar en la sombra de la roca hasta que las autoridades se retiraban.
Reconocimiento Oficial: El gran cambio llegó en 1968 con Monseñor Enrique Angelelli, quien, bajo el espíritu del Concilio Vaticano II, integró este espacio a la liturgia oficial. Poco después, el padre Julio César Goyochea construyó el primer Vía Crucis de piedra.
Consagración: En 1978, el Estado adjudicó 30 hectáreas al Obispado de La Rioja y, desde 2022, el lugar es considerado oficialmente un Santuario.
La Semana Santa: El momento del encuentro
Hoy, el Señor de la Peña es uno de los destinos de turismo religioso más importantes del país, congregando a más de 50.000 personas (con picos récord de hasta 80.000) cada Semana Santa.
Los peregrinos llegan a pie, a caballo o en bicicleta desde Aimogasta (a 47 km) y la Capital riojana (a 90 km). Las celebraciones centrales incluyen:
Jueves Santo: Lavatorio de pies y vigilia de oración toda la noche.
Viernes Santo: El momento de mayor fervor, con el Vía Crucis solemne y la Celebración de la Pasión presidida por el Obispo.
Sábado de Gloria: La Vigilia Pascual que culmina con un brindis comunitario, celebrando la Resurrección.
Leyendas que alimentan el misterio
El misticismo del lugar se nutre de relatos que pasan de generación en generación:
El Pastorcito: Se cuenta que un joven cabrero, a punto de morir de sed, rezó por su vida. Una tormenta repentina lo salvó y, al despertar, encontró frente a él la mole con el rostro de Jesús que antes no existía.
La advertencia de la fe: Una antigua historia de 1880 narra que una mujer salteña, al no encontrar el rostro en la piedra por su falta de fe, golpeó la peña con rabia. Al intentar irse, su mula la derribó, fracturándole una pierna como señal de respeto al lugar sagrado.
Signos en la piedra: Muchos fieles aseguran ver imágenes de la Virgen María o incluso la palabra «DILUVIO» grabada por la naturaleza en las laderas de la roca.
El Señor de la Peña representa esa «amalgama de idolatría indígena y catolicismo elemental» que define la identidad del noroeste argentino. Para miles de fieles, es el lugar donde el agradecimiento por los milagros concedidos se vuelve piedra, oración y comunidad en medio del silencio del desierto.