ZoyaPatel
Ahmedabad

Cuenta la leyenda que antes de que llegaran los hornos, se podía cruzar el Campo de Pipanaco entero bajo la sombra


De Andalgalá hasta el oeste, a caballo o a pie, sin que el sol tocara la tierra. Un bosque de algarrobos tan denso, tan continuo, tan vivo, que era como caminar adentro de algo que te protegía. Los registros de la época lo dicen. La memoria del lugar lo guarda todavía, aunque ya no quede casi nada para mostrar.

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Hoy eso es arenal.

Y la historia de cómo pasó no es un misterio. Tiene nombre, tiene apellido, tiene fecha, tiene dirección en Londres. FISHER...

Samuel Fisher Lafone era inglés. Llegó al Río de la Plata, hizo fortuna con saladeros y barcos, y en 1846 firmó contrato con la Corona Británica para explotar la mitad sur de la Isla Soledad en las Malvinas. La península que compró lleva su nombre hasta hoy. Se llama Lafonia. Después fundó la Falkland Islands Company y llevó gauchos rioplatenses a trabajar las tierras argentinas bajo bandera inglesa. Con esa plata vino a Catamarca y compró tierras en la perla del oeste. Mirá desde cuándo tenemos tierras catamarqueñas en manos de extranjeros.

Mandó a su hijo Samuel Alejandro Lafone Quevedo a hacerse cargo de las minas de cobre de Capillitas en 1859. El hijo eligió el predio de Pilciao al sur de Andalgalá. No por la belleza del paisaje. Por el bosque, por "el árbol".

Ese bosque enorme era el combustible.

Nueve hornos de reverbero. Toneladas de carbón de algarrobo por día. El propio Samuel Alejandro lo dejó escrito en Las Industrias de Catamarca, el libro que publicó en 1880 junto al químico Federico Schickendantz. Lo llamó un mar verde. Y lo quemó igual, porque el negocio lo pedía y el negocio no esperaba.

Y el negocio miraba hacia el Pacífico, no hacia Buenos Aires.

El cobre de Capillitas salía en mulas por el Paso de San Francisco, cruzaba los Andes a cuatro mil setecientos metros de altura, bajaba hasta Copiapó y embarcaba en el puerto chileno de Caldera rumbo a Liverpool. Para que las mulas y los novillos aguantaran la travesía cordillerana, los valles de Fiambalá y Tinogasta se llenaron de alfalfares. El oeste catamarqueño ponía el mineral, ponía el bosque, ponía la tierra, ponía el forraje. Los barcos siempre zarparon con proa a Inglaterra.

Después llegó el ferrocarril y se llevó los durmientes. Y el bosque que daba sombra para viajar se fue convirtiendo en lo que cualquiera puede ver hoy si cruza esa zona. Médanos. Algarrobos muertos de pie. Tierra que el viento mueve despacio, como si todavía estuviera buscando algo que ya no está. Sigue siendo un mar pero con olas de arena que buscan y no encuentran su puerto.

Cuando el negocio dejó de rendir, la familia fundó en Londres la Carranza Lafone Copper Mining and Smelting Corporation Ltd., un paquete armado para venderle a inversores europeos. En 1902 vendieron todo. Las 39 posiciones mineras de Capillitas, los ingenios del valle, la historia entera. La compró la Capillitas Copper Company, capital inglés. Los nuevos dueños construyeron el Alambre Carril, 27 kilómetros de cablecarril entre las minas y el llano, una maravilla de ingeniería que casi nunca funcionó bien y que sirvió principalmente para especular en la bolsa de Londres. En 1913 dejó de operar. La Primera Guerra Mundial dio el golpe de gracia.

Se fueron.

Lo que quedó fue escombros, arenales, y un arqueólogo brillante que pasó el resto de su vida estudiando y defendiendo el patrimonio de los pueblos que esa misma minería había desplazado, que él mismo había quemado. Y una piedra. La rodocrosita. La Rosa del Inca. Lo que quedó en las vetas cuando el cobre ya no era negocio. Hoy se vende al turista como tradición catamarqueña. Como identidad. Como orgullo provincial.

Mirá qué cosa.

El bosque que daba sombra para viajar hoy es desierto. Las minas que lo devoraron terminaron en manos inglesas. Las ganancias se fueron a Londres. Y las tierras, como siempre, se quedaron acá. Pero vacías. Esto no es historia antigua. Es el manual.

Y cada vez que alguien nombra a Lafone Quevedo para hablar de tradición minera y autonomía regional, vale la pena preguntarse una sola cosa.

¿De qué lado del océano terminó la riqueza?

Las historias se cuentan completas o no se las cuenta.

Las Malvinas son argentinas, dicen. Preguntale a Lafonia.

MarcelRomero

Mumbai
Kolkata

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