
Es un topónimo que provendría del cacán o quechua y no tendría una traducción literal o unívoca. Algunos historiadores citan la palabra Pisapanaco, como el nombre del intérprete (traductor) que acompañaba al mítico Bohórquez (Pedro Chamijo), un aventurero español, mitómano y ladrón profesional, establecido primero en Perú, conocido como el Falso Inca, en sus correrías y embustes por Pomán y Andalgalá a mediados del siglo 17.
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Es muy parecido a «panaco», un regionalismo propio de Catamarca para denominar de manera vulgar al órgano sexual femenino. Pero ojo, también es el gentilicio de los habitantes de Panao, una ciudad peruana ubicada unos 400 km al NE de Lima (justo de donde proviene el amigo del Falso Inca).
Lo natural
Este bolsón, conforme a su extensión y ubicación, en realidad sería el verdadero valle central de Catamarca.
La cuenca hidrogeológica de Pipanaco está a unos 720 m.s.n.m., una gran depresión endorreica, es decir sin salida de la cuenca y cuyas aguas se consumen por evaporación o infiltración, rodeada por importantes cumbres montañosas: (Ampatu al E, Sierra de Fiambalá al O y sistema Atajo/Aconquija al N); con orientación general N-S, tiene unos 20.000 km2, abarca el departamento Pomán, parte de Belén, Andalgalá y una franja de Tinogasta. Lo alimentan o alimentaban importantes ríos y arroyos de Pomán, Andalgalá (Vis Vis y Amanao entre los más importantes), Belén (río homónimo) y Tinogasta (uno de ellos es el Colorado). A ellos hay que sumar una conexión directa y subterránea con el Campo del Arenal/de los Pozuelos -a unos 2.300 m.s.n.m.- que, como Pipanaco, es un gran reservorio de agua subterránea ubicado unos 50 km al norte.
Hasta principios del siglo 19 era un inmenso y frondoso bosque (el más grande del mundo, superior en extensión al Bosque de Pómac en Perú, elevado a la categoría de santuario). La especie predominante era el algarrobo (Prosopis), tan es así que los viejos de Pomán, Andalgalá y Belén contaban que se podía cruzar «de punta a punta» en cualquier dirección bajo la frondosa sombra de los algarrobos; tan denso era el bosque que el sol no llegaba a la tierra, lo que formó un ecosistema diverso y riquísimo.
Pues bien, pasó a ser un desierto salino.
Actualmente es una cuenca árida, con balance hídrico negativo y pocos habitantes en su lecho. Allí la calidad del agua no es buena, conseguirla es difícil y en pequeña escala. La economía local es precaria (pequeña ganadería y cultivos).
De seguir con esta inercia su futuro es complicado por el aumento de la temperatura y en consecuencia la amplitud del periodo invernal seco (el régimen de lluvias no alcanza los 100 mm anuales).
Los grandes yacimientos mineros ubicados en la zona donde funcionaba Minera Alumbrera están más arriba, a escasos 20 km al N y consumen 1.200 l de agua por segundo (unos 100 millones por día), afectando varios lechos, especialmente las cuencas de los ríos Vis Vis y Amanao, dos de los aportantes de agua al Pipanaco.
Hoy, el bolsón de Pipanaco tiene una imagen post apocalíptica.
Lo antrópico
¿Qué pasó?
Tiene una vieja y la larga historia, dividida en al menos 4 capítulos y un protagonista: el bendito y maldito hombre, responsable y/o ayudante de una larga, cruel y fatal deforestación y desertificación.
Capítulo 1:
Todo se origina en Londres, pero no el de Belén: el masón Samuel Fischer Lafone y su medio hermano Alejandro Ross Lafone, unos ingleses ambiciosos, llegaron a mediados del siglo 19 a Buenos Aires pero, debido a tensiones políticas y comerciales con Juan M. de Rosas, se instalan en Uruguay, desde donde diversifican sus negocios en la zona Río de la Plata. El gobierno uruguayo les vende Punta del Este y la isla Gorriti para su desarrollo y urbanización, pero sus miradas estaban puestas en el puerto de Buenos Aires: el buen negocio que era la ganadería, los saladeros y el transporte naval. Al poco tiempo se interesaron por los negocios que podían hacer en Malvinas. Nace la Falkland Islands Company (FIC) de Inglaterra y comenzaron a construir poder económico y político en las islas, formando un monopolio del comercio, tráfico y explotación ovina, llegando a ser un poder paralelo al de la autoridad colonial británica. Tal era el poderío, que la mitad S de la isla Soledad pasó a llamarse «Lafonia» (unas 250.000 h). En 1859 Samuel Fisher Lafone expande sus fronteras comerciales hacia el interior argentino, enterado de los minerales en las montañas de Catamarca; así compra Capillitas, en las laderas del Aconquija, al N de la ciudad de Andalgalá. Inmediatamente pone al frente del proyecto a su hijo Samuel Alejandro Lafone Quevedo -nacido en Montevideo y formado en Inglaterra-, primo hermano de Argentino R. Quevedo, vicegobernador de Catamarca a principios del siglo 20 y Manuela Quevedo, tatarabuela del presidente de Uruguay, Lacalle Pou.
Instala al menos 2 plantas de procesamiento (ingenios) de las explotaciones mineras en el S de Santa María, pero al advertir la merma de leña buena para los hornos y el largo y sinuoso trayecto que deben cubrir las mulas transportando cobre, oro y plata, busca otro lugar. Descubre Pilciao (a pocos km al S de la ciudad de Andalgalá), lo compra por tratarse de un sitio interesante, cerca de las minas, no por la belleza del paisaje sino porque tenía algo fundamental: un extraordinario bosque abundante en madera buena y dura: algarrobos, necesarios para los ingenios en la costa N de Pipanaco. Suma al proyecto a hombres de ciencia y de trabajo como Federico Schickendantz, químico y filósofo alemán de grandes conocimientos en varias disciplinas, Hans Heller y Diego Terril. Todo esto en un contexto de la época en que se creía que el motor del progreso era la minería, la que traería el definitivo progreso de la región.
Qué casualidad, lo mismo ocurre ahora, en 2026, 130 años después. También sin beneficios a la provincia.
Allí, en la transición del verde de Andalgalá y la frondosidad del Pipanaco fundó una ciudad increíble: todo planificado alrededor de un gigantesco ingenio metalúrgico para procesar minerales que su compañía extraía de Minas Capillitas, construyó casas para los más de 500 obreros y sus familias que allí trabajaban, templo, escuela, farmacia, bodega en Malli (llegó a producir anualmente 100.000 l de vino), comercios, carpintería, herrería, cementerio, entre otras instalaciones necesarias, su propia casona de residencia y el edificio de la administración. Para la época era una visión casi sobrenatural justo al borde del bosque.
Fruto de esa descomunal imaginación, Lafone y sus amigos buscaban formar una unidad social, espiritual, cultural y económica fuerte. ¿Habrán querido crear una República como la de Platón, una Utopía como la de Tomás Moro o replicar las reducciones guaraníes? Nunca se sabrá.
Pilciao llegó a ser un centro religioso, cultural y productivo, como casi nunca se vio en esa Argentina. Sábados y domingos eran dedicados al deporte y al arte, especialmente la música. Con la participación de Blamey formó un coro de tal nivel que en esas rústicas soledades se podían escuchar ejecuciones de partituras de Beethoven, Mendelssohn, Haendel, Haydn, Gounod y otros, a 3, 4 y hasta 6 voces.
Mas, por todo este delirio, Catamarca tuvo que pagar un precio muy alto: el uso abusivo, indiscriminado e indolente hasta llegar a la destrucción del mayor bosque de algarrobos del mundo, produciendo un desequilibrio irremediable de ese rico y diverso ecosistema por un solo motivo: alimentar los hornos de fundición.
A pesar del éxito empresarial logrado luego de 40 años, hacia finales del siglo 19, debido a factores internacionales (caída en el precio del cobre), nacionales (impuestos elevados), regionales y locales, hubo una merma en la producción, se redujeron los niveles de rentabilidad estimados, más la demora de la llegada del ferrocarril a la provincia agravaron la situación por los altos costos del transporte de los minerales explotados. Como consecuencia de la acumulación de estos y otros factores, Lafone Quevedo y Adolfo P. Carranza deciden abandonar las explotaciones de las minas, clausurar las plantas de producción y venderlas.
Así aparece Capillitas Copper Company Limited, de capitales ingleses, la que proyecta y lleva a cabo «una gran solución»: la más importante fue la construcción de un cable carril de casi 30 km de extensión que bajaba desde Capillitas hasta un nuevo ingenio: Muschaca, en las cercanías de los otros. Casi como una maldición de la Pachamama, el cable carril funcionó muy poco. La 1° guerra mundial les dio el tiro final.
Capítulo 2:
Aún no se habían borrado las huellas de los Carranza, Augier, Lafone, etc. cuando llegó el tren. Decían que era la salvación para los pueblos del interior profundo, pero acá no solo se llevó gente, sino también los pocos «árboles» que había, eso sí, transformados en pesadas vigas de madera (durmientes) para que el tren salvador de la Argentina pudiera andar.
Capítulo 3:
Cuando el tren se cansó de llevar vigas, apareció otra ambición desmedida: los pisos de parqué. En las costas E y N del Pipanaco (Pomán y Andalgalá) aparecieron los aserraderos y la explotación inhumana de personas para bajar «árboles» a pura hacha en medio del bosque. Familias enteras eran transportadas en camiones, debían hacer quinchas (enramadas) donde vivían, junto a un tacho con agua dudosamente potable. Hasta el siglo pasado aún vivían ancianos sin dedos, sin manos, sin brazos por el trabajo a destajo en los aserraderos. Esos pisos de parqué decoraron las residencias importantes de Buenos Aires primero y luego fueron llevadas a EEUU y Europa.

Capítulo 4:
Cuando el Pipanaco se transformó en desierto y las olas verdes de las copas de los «árboles» mutaron a olas de arenales calientes y danzantes, lo siguieron ahogando esta vez desde el E (Pomán) y SO (La Rioja) con las grandes plantaciones de olivos.
Fue el golpe de gracia, el tiro final.
Los genios venidos de Inglaterra, Alemania y Uruguay, ni los sucesivos gobiernos provinciales desde principios del siglo 20 a la actualidad, advirtieron -o no quisieron hacerlo- el ecocidio que produjeron, ni hablar de políticas para proteger, preservar y volver a la vida tan preciado tesoro natural catamarcano.
Creo necesario hacer mención a un plan de hace pocos años para reforestar el Pipanaco; mucho dinero bajó de Nación a la provincia para tal proyecto… pero se perdió entre los huayramuyos del arenal. El resultado: «arbolitos» secos, muertos de pie, dentro de “viveros” abandonados y arrasados por el viento.
Que Lafone y Schickendantz fueron unos genios para otras cuestiones… totalmente.
Pero eso es otra historia. (*Negro Aroca - artivista catamarcano). Ancasti