Reconocido en todo el país por su calidad y sabor, el membrillo andalgalense atraviesa hoy una paradoja cruel: mientras es el producto estrella que identifica al departamento ante el turismo y los mercados externos, sus productores enfrentan precios que no cubren ni siquiera el costo del esfuerzo.
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Un valor que cae, un esfuerzo que se pierde
La realidad económica de las chacras locales es alarmante. Actualmente, el kilo de membrillo se está pagando apenas 120 pesos, una cifra que representa un retroceso inexplicable frente a los 180 pesos que se llegaban a pagar hace dos años.
Ante la falta de regulación y el peso de los compradores que imponen condiciones, los productores se encuentran en una encrucijada desesperante:
Vender por «monedas»: Aceptar el precio impuesto para no perder la totalidad de la cosecha.
El abandono del fruto: Muchos optan por no levantar la cosecha o regalarla, ya que el costo de la mano de obra y el mantenimiento supera lo que el mercado ofrece.
«Vienen, ponen el precio y uno decide si vende o pierde todo», resume con resignación un productor local, reflejando la vulnerabilidad del sector frente a los acopiadores.
El fantasma de otras producciones desaparecidas
La preocupación en el sector no es infundada. La memoria colectiva de los trabajadores rurales de Andalgalá recuerda con nostalgia las épocas en que el departamento era un gran exportador de duraznos, ciruelos y damascos hacia Tucumán, Catamarca Capital y Buenos Aires. Hoy, esas producciones son prácticamente inexistentes.
«El temor es que pase lo mismo con el membrillo», advierten desde el sector. La pérdida de esta fruta no solo significaría un golpe económico, sino la desaparición de un rasgo fundamental de la identidad cultural y productiva de los andalgalenses.
Reclamos urgentes: Agua y acompañamiento
Más allá del precio, los productores señalan factores estructurales que complican la actividad:
Acceso al agua: Una demanda histórica para sostener las plantaciones en pie.
Políticas de fomento: La necesidad de un acompañamiento real que proteja a las chacras activas frente a la volatilidad del mercado.
Resulta contradictorio que, mientras el dulce de membrillo se promociona como un atractivo turístico de excelencia, quienes cultivan la tierra no logren un ingreso acorde a su trabajo. La pregunta que queda flotando en las fincas de Andalgalá es clara: ¿Hasta cuándo podrá sostenerse un símbolo que hoy solo genera pérdidas para sus creadores?